domingo, 26 de julio de 2015

Cuento: El novenario de María


Cuatrocientas cincuenta avemarías y cuarenta y cinco padrenuestros tenían que pasar para que nos dieran sopa de mondongo y arroz blanco. Yo estuve en ese novenario. Fue en la casa de Lalo, el hermano de María, la difunta, mujer que murió porque no le quedaba alternativa. ¡Qué duro se puso el taburete con el lento transcurrir de las oraciones! Estuve constantemente mirando la cocina. Aquel olorcito a cebolla tostada en la cazuela me entraba por la nariz y me hacía burbujas en el estómago.

 

Cada vez los credos eran más largos. Cada vez me burbujeaba más el estómago cuando el olor a sopa cargada de achiote se metía en la sala de los rezos. De vez en cuando me salían los padrenuestros entredentados y terminaba con un  aaaaaaaaaaaa” en las mandíbulas abiertas y mi padre me recriminaba con un guiño de ojos o un largo pellizco que salía de debajo de la mesa.

 

¡Qué sufrimiento cuando faltaban dos rosarios! El taburete se puso más duro que al principio de la rezadera. Seguí con mis ojos bailarines dándole vueltas a la cocina desde las cerchas ahumadas, hasta las patas del fogón terroso. Por momentos yo quería ser la mosca que se paraba en la cabeza de doña Carmen la cocinera, o la punta de la cuchara hundida en el picadillo de arracache. Nunca Al perro Bobi, ¡pobre Bobi!, a cada rato lo echaban de la cocina y no dejaron de hacerlo hasta que don Lalo lo amarró a un palo de aguacate. ¡Allá se oía el Bobi gimiendo larguísimo!

 

¡Qué felicidad cuando dijeron amén! Pero don Lalo quiso que rezáramos la Pasión. –Quince minutos, no más, dijo. Terminó la Pasión y el trisagio lo metieron como nueva extra. Y llegó el calvario más grande: debían comer primero los adultos. Las señoras y los señores fueron desfilando de una en una y de uno en uno a pasito, hasta sentarse en las bancas que hicieron para el novenario.

 
Yo no me moví del taburete. Allí sentado estuve en la tabla dura hasta que comió el último de los mayores.  Entonces recé un padrenuestro y un credo por el alivio y el descanso de doña María a quien no tuve el gusto de conocer.

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