Cuatrocientas cincuenta avemarías y cuarenta y
cinco padrenuestros tenían que pasar para que nos dieran sopa de mondongo y
arroz blanco. Yo estuve en ese novenario. Fue en la casa de Lalo, el hermano de
María, la difunta, mujer que murió porque no le quedaba alternativa. ¡Qué duro
se puso el taburete con el lento transcurrir de las oraciones! Estuve
constantemente mirando la cocina. Aquel olorcito a cebolla tostada en la
cazuela me entraba por la nariz y me hacía burbujas en el estómago.
Cada vez los credos eran más largos. Cada vez
me burbujeaba más el estómago cuando el olor a sopa cargada de achiote se metía
en la sala de los rezos. De vez en cuando me salían los padrenuestros
entredentados y terminaba con un aaaaaaaaaaaa”
en las mandíbulas abiertas y mi padre me recriminaba con un guiño de ojos o un
largo pellizco que salía de debajo de la mesa.
¡Qué sufrimiento cuando faltaban dos rosarios!
El taburete se puso más duro que al principio de la rezadera. Seguí con mis
ojos bailarines dándole vueltas a la cocina desde las cerchas ahumadas, hasta
las patas del fogón terroso. Por momentos yo quería ser la mosca que se paraba
en la cabeza de doña Carmen la cocinera, o la punta de la cuchara hundida en el
picadillo de arracache. Nunca Al perro Bobi, ¡pobre Bobi!, a cada rato lo
echaban de la cocina y no dejaron de hacerlo hasta que don Lalo lo amarró a un
palo de aguacate. ¡Allá se oía el Bobi gimiendo larguísimo!
¡Qué felicidad cuando dijeron amén! Pero don
Lalo quiso que rezáramos la Pasión. –Quince minutos, no más, dijo. Terminó la
Pasión y el trisagio lo metieron como nueva extra. Y llegó el calvario más
grande: debían comer primero los adultos. Las señoras y los señores fueron
desfilando de una en una y de uno en uno a pasito, hasta sentarse en las bancas
que hicieron para el novenario.